jueves, 27 de noviembre de 2025

Sincronía de Noviembre


El viento de finales de noviembre golpea con una nostalgia que ninguna canción popular logra consolar. Entre el rugido del motor y el frío colándose en el casco, Hanna siente el fantasma de un abrazo cálido que ya no está. Si creyera en la quiromancia, diría que Mercurio retrógrado está haciendo de las suyas, pero la realidad es más simple: es el peso de la época decembrina reclamando su lugar.

Hanna se abre paso entre el tráfico, sorteando las luces de los autos. Al llegar, busca las llaves en su bolso; no le agrada la idea de tocar a su regreso, prefiere el silencio de su propia entrada. El aire desordena su peinado de rizos rebeldes, pero ella camina con una nueva seguridad. Se siente satisfecha: el título profesional está en sus manos y su salud ha mejorado notablemente. La vida es buena, se repite, aunque el frío cale hondo.

En otro punto de la ciudad, Marcos apaga el motor. Terry corre a lamer sus manos, llenando con saltos el vacío que dejaron las cadenas al abrirse. Al encender la luz del patio, el silencio le recuerda que hace dos años su madre dejó de esperarlo frente al televisor. Sus ojos se nublan al soltar las llaves. Deja el casco sobre la mesa —el lugar prohibido por ella— y la rabia estalla. Se arrebata los guantes dedo por dedo y se arranca el pasamontaña con una ira contenida, una frustración vieja que no sabe cómo soltar. Se desploma en la cama y, al cerrar los ojos, el bullicio de antes regresa por un instante: el olor a cocina, las risas de sus sobrinos y el caos de una casa que solía estar llena.

Kilómetros más allá, Hanna se sienta en el comedor. El vapor del café le recuerda que, hace dos años, bastaba un mensaje para que alguien le trajera pan dulce con una sonrisa. Una lágrima asoma, pero esta vez no quema; es el alivio de saber que el dolor, finalmente, está pasando.

Hanna se detuvo frente a la pantalla, con el vapor del café acariciándole la cara. Comprendió entonces que esos recuerdos no eran una carga, sino un legado; si decidía guardarlos bajo llave, terminarían por marchitarse en el silencio, pero si los escribía, les daría permiso de volar. Con los dedos aún entumecidos por el frío, comenzó a teclear. Al otro lado del mundo, o quizás a la vuelta de la esquina, esas palabras aterrizaron frente a cientos de ojos que, como ella, buscaban un refugio. El dolor no había desaparecido, pero finalmente estaba mutando: ya no era un ancla en el pecho, sino la tinta con la que empezaba a escribir su nueva vida.


A V M     

27/11/2025

D. R. 

martes, 19 de noviembre de 2024

Balance de una quiebra


 Balance de una quiebra




 

La noche del domingo tenía el peso de un mal presagio; la llamada entró cuando la ansiedad por saber de él ya era una deuda vencida. Se escuchó un saludo cordial, gélido, un ejercicio de cortesía que escondía el golpe. Él habló de "necesitar un tiempo" y yo, en mi mente, solo pude procesar que estaba ordenando una auditoría de emergencia. Pensé que escuchaba el guion de una mala película, pero la realidad me lanzó un desfalco directo a lo más recóndito de mi ser.

No atiné a preguntar por qué; solo sentía cómo la ausencia se instalaba en mi cama, en mi cocina y en mi vida. La llamada seguía, pero yo me puse en automático, esa defensa de quien no sabe cómo declarar una quiebra inesperada. La situación no sabe de edades ni de experiencias; simplemente se presenta y te deja frente al abismo. Me quedé allí, sintiendo cómo mi dignidad me sostenía la espalda para no caer del asiento, dándome la fortaleza para seguir escuchando sin soltar el llanto, mientras una nítida y rebelde lágrima se asomaba sin consentimiento.

Una vez con el rostro en la almohada, viendo el muro en la oscuridad, las horas pasaron sin dueño. No supe cómo pude dormir, tal vez porque finalmente se aclaraba un asunto que yo misma había escondido en el rincón de los activos olvidados.

A la mañana siguiente, el sol no calentaba el café, que parecía tan amargo como las cifras que estábamos por cerrar. Nos sentamos frente a frente, pero ya no éramos compañeros; éramos un acreedor y un deudor en una mesa de negociación final. Nunca había dolido tanto un adiós, pero era un adiós consciente, de esos que traen el alivio de quien ve terminar una condena porque se rompe la cuerda gastada que nos sostenía.

Puse sobre la mesa mi maleta y, simbólicamente, el libro de contabilidad de mis últimos años: un registro de amor maduro, aunque poco usado, porque él siempre prefirió mantenerlo en reserva. Allí cabían todas las promesas que nunca generaron intereses y los planes que se quedaron solo en el papel. Durante el café, las cuentas fueron implacables. Mi saldo era a favor; el suyo estaba en números rojos, un abismo de deudas emocionales que ninguna disculpa podría cubrir. Me di cuenta de que seguir ahí era aceptar la bancarrota total. Acepté mis errores de gestión, mi exceso de confianza, pero no se comparaban con sus desfalcos.

—No hay nada que rescatar —dije, cerrando el libro.

Él se levantó para ayudarme con la maleta, pero no fue un gesto de caballerosidad. Sentí cómo sus dedos palpaban el cuero, buscando el relieve de su laptop, temiendo que yo le robara un objeto material después de que él me hubiera saqueado el alma. Al notar que lo observaba, una sombra de vergüenza cruzó su faz, pero ya era tarde. Esa mezquindad fue el sello de clausura; ahí murió cualquier intento de refinanciar nuestra historia.

Han pasado los meses y el rendimiento de mi soledad es favorable. No busco nuevas sociedades; mi empresa personal debe crecer primero para asegurar que las próximas ganancias sean reales. Hoy mi capital es mío y no acepto socios que no sepan invertir en la lealtad.



Amparo V. M.

09-09-2024_19-11-2024

D. R.



miércoles, 10 de julio de 2024

El arte es un relevo

 Un día...




Marco buscaba una pinza en el cuarto de trastos, hizo una mueca al ver la hora en su reloj de plástico gastado: «faltan dos horas», pensó. Se había ido a vivir a una quinta sin más compañía que su máquina de escribir y un par de cientos de hojas blancas, de las más económicas; había que ajustar el presupuesto que le permitía su escuálido sueldo de conserje.

Al llegar a casa, se sienta frente al televisor en blanco y negro; se está acostumbrando a ver películas sin color, pero valía la pena por la paz que le daba aquel lugar. Aquí no estaba su madre pidiéndole que hiciera algo con su vida; ella había puesto todas sus esperanzas en su tercer hijo varón. El mayor era una copia de ella, con mucho miedo pero con un buen empleo; el segundo no había terminado sus estudios, pero era solvente de momento. Marco era el único que no mostró ningún avance en el aspecto que le interesaba a su madre. «Solo se había casado y divorciado», había dicho ella, con tres pequeños que se habían quedado con los abuelos maternos.

Después de varios años de soledad, Marco trató de plasmar sus emociones en sus cuadros de vidrio; de vez en cuando lo mezclaba con el dibujo y la escritura, buscando un sentido a su vida. Apagó el televisor y tomó la silla de madera frente a la máquina de escribir. Sus dedos empezaron a volar de una tecla a otra y el tableteo cubrió el lejano pasar del tráfico. Mientras escribía, las lágrimas se asomaron en sus ojos; se detuvo por un momento y un suspiro escapó de su pecho al recordar a una de las pocas personas con las que había tenido una conexión real. Su relato trataba de describirla en su ambiente natural. Recordó la última vez que la vio: rodeada de niños, ajena a todo lo que ella le provocaba.

Preocupada por la comida de ese día, Mary preguntó a sus sobrinos e hijos qué deseaban comer; quería darles el gusto de aquel antojo pasajero. El aire se llenó de exigencias cruzadas: unos querían pizza sin piña, otro espagueti sin queso, alguno más pedía hamburguesas sin mostaza y la más pequeña insistía en una simple sopa de fideo. Entre el estrépito de las voces infantiles, Mary se quedó un momento inmóvil, confundida por tantos deseos y sin saber cómo empezar, buscando en el aire la receta para complacerlos a todos.

Marco la observaba desde el umbral con una sonrisa enigmática, guardando en su memoria el desorden de los delantales y el olor a harina. Tiempo después, comprendería que ese instante cotidiano sería el refugio de su nostalgia. Al verla perdida entre las peticiones, Marco tomó la palabra frente a los seis pequeños y, con una calma que detuvo el ruido, propuso hacer turnos: todos serían complacidos, pues apenas empezaban las vacaciones.

Mientras Mary comenzaba a trabajar la masa, sintiendo el alivio de la tregua, Marco reunió a los chicos en un círculo a su alrededor. Empezó a contarles un cuento, transformando el caos de la cocina en un templo de atención, mientras los dedos de ella se hundían en la harina, ajena a que ese momento ya estaba siendo eterno en la mente de él.

Muchos años después de aquel divorcio y de la muerte de Marco, Mary se encuentra frente a su laptop. En ocasiones la vida te hace recordar a personas peculiares que solo valoras mucho tiempo después, cuando ves la existencia de otra manera porque ya queda poco camino por delante; cuando las arrugas surcan el rostro y las canas han poblado la cabeza. Es entonces cuando te das cuenta de que eran especiales solo por haber compartido un momento cotidiano.

Ella escribe ahora sus memorias, sin saber que en otro tiempo Marco ya lo había plasmado todo en aquellas baratas hojas blancas.



10-07-2024

AMPARO VELASCO M. 

DERECHOS RESERVADOS


miércoles, 29 de octubre de 2014

Luna plateada

Luna plateada

Tú, que derrochas tu luz generosa, 

iluminas mis pasos ligeros y enfrías mis pensamientos. 

Volteo a ver el cielo nocturno y las estrellas, 

con su pálida luz, te ceden el firmamento.

Voltea, luna querida, dame una mirada; 

concédeme un deseo, levanta mi espíritu, 

llévame a los confines del universo.

Luna querida, daría una noche entera 

por estar un momento a tu lado; 

pero debo verte desde aquí, 

mostrando tu luz plateada,

 mientras no dejo de soñar contigo. 

Y aspirando el viento frío de otoño, te digo:

 «¡Hasta mañana, luna adorada!».



25/10/2014     D. R.
 

miércoles, 22 de octubre de 2014

Ángel

Son las primeras horas de la mañana, Ángel se despierta al escuchar las voces de sus hermanos, el es el menor de tres hermanos, sabe que todos lo aman, pero el  vive en otro mundo, un lugar donde solo nos observa, no comprende las emociones, solo sabe que sus necesidades fisiológicas serán cubiertas sin pedirlo, pero…
Un ruido, mmmmm, ¿que será?... se pregunta. Abre los ojos y ve que ha amanecido, el cálido sol entra por la ventana y le da en la cara, vuelve a cerrarlos, pero siguen hablando, se levanta es hora de  continuar con su tarea. Sale de la recamara, las voces continúan,  toma una silla y sube con cierto esfuerzo, ya que no ha crecido lo suficiente como sus hermanos, algo que lo tiene sin cuidado, su atención esta fija en Kira, la gata de la familia. El plato de comida esta junto al lavabo, esta absorta en las croquetas, pero de pronto siente la mirada de Ángel, no la sorprende solo la incomoda, se limpia los bigotes con las pequeñas garras, sus diminutas orejas se levantan, ha escuchado mas ruidos de lo habitual.  Ángel sigue observándola, mama le ha acercado un plato de frutas, e insiste en que coma, el solo escucha las voces; pero debe complacerla  si desea continuar con su tarea, apura los bocados, Kira se a levantado a salido por la puerta de atrás que lleva al jardín. Mamá dice algo, lo sabe por que la ve mover los labios y brazos, las voces se han alejado un poco, abandona la mesa y su madre le dice que termine, el, ya no lo escucha puede ver a Kira maullar junto al nogal, cuando Ángel la alcanza,  se le erizan los pelos de el lomo, esta parado frente a ella, levanta la mirada, las ramas son movidas por el viento. Mamá debe acabar los deberes, así que va por el, quiere decirle cuanto desearía acercarse  el, entrar en su mundo. Toma  sus colores y empieza a dibujar, la minina se acerca de tal manera que se coloca en las piernas, desea que lo abrace ronronea hasta que Ángel, decide subirla a sus piernas, una vez arriba se ha calmado, solo las diminutas orejas oscilan de vez en cuando, respondiendo a los sonidos que se alejaban. Los chicos se han ido a la escuela, el pequeño acaba el dibujo y lo cuelga en el árbol Kira se aleja, un soplo de viento se lleva un dibujo que antes estuvo colgado al árbol, el lomo de Kira se eriza Ángel corre a buscarlo y lo cuelga de inmediato su rostro no muestra emoción alguna. La felina entra en la casa mientras su mamá sale a buscarlo.
Durante la noche el nogal tiene una actividad inusual, a habido un poco de viento, mas de lo habitual los dibujos han salido volando, el sueño de Ángel es intranquilo, las ramas rozan el borde de la ventana, la luz de luna proyecta una diminuta sombra que pugna por no caer de la rama, una sombra más se acerca, ambas llegaron al borde de la ventana de pronto Kira salta hacia la ventana y se escucha un grito muy agudo y las sombras se alejan rápidamente Sami se despierta y observa a ángel y su hermano , ambos están dormidos, tiene miedo pero no sabe porqué; la felina hace guardia en la ventana, mientras las sombras aguardan el momento en que se duerma y puedan entrar. Ángel se despierta  e inicia su rutina, solo que esta ocasión debe hacer mas dibujos debe darse prisa, su rostro como siempre no muestra emoción alguna, solo Kira hace guardia junto a la puerta que da al jardín.






martes, 9 de septiembre de 2014

Tiempo para un café.

Son las 7 de la mañana, un chico  esta parado en la esquina de la gran avenida, el trafico esta empezando, tardara en encontrar un taxi libre, revisa su reloj. Impaciente cambia de pierna, se reajusta la mochila, parece pesada, pero no siempre es así. La cafetería esta llena de poetas y un joven escritor, ocasionalmente estudiantes acabando las tareas de último momento. Mi café se enfría.
Deduje que es estudiante, han pasado casi 20 minutos, tiempo suficiente para terminar mi café, he pedido una rosquilla  sin chocolate, tal vez así mantenga la figura, es un pensamiento ilusorio ya que; al no tener una rutina de ejercicio  la grasa se acumula, “la grasa se acumula”, vaya, debo dejar de pensar en las calorías.
Se acaba el tiempo, el chico empieza a desesperarse y toma el autobús, lleno para variar…veo rastros de preocupación en su semblante. Pago y el mesero me sonríe por la propina que suelo dejar, no es que tenga mucho dinero, pero, se que viven de sus propinas, este país va cada día peor. Tomo mi bolso y me coloco las gafas oscuras, se acabo mi tiempo, debo batallar para encontrar mi propio taxi.
Hoy me he levantado un poco tarde, ya no dispongo de tiempo suficiente para un panque, asi que tendré que conformarme con un café, el chico aparece con una sonrisa, pero sus ojos...parecen estar tristes, hoy ha tenido suerte, el taxi apareció pronto, fijo mi atención en alguien mas, mientras apuro mi café, pido la cuenta y el mesero me desea un lindo día, ¿Quién desea  “un lindo día”?, sonrió y le deseo lo mismo, nuevamente tomo mi bolso.
Sábado por la mañana,  he decidido empezar a correr, mmmm… correr es demasiado, empezare con una ligera caminata, debo olvidarme de los panecillos .Camino hacia el parque y es inevitable toparme el chico, hoy solo lleva jeans, una playera blanca y gafas oscuras, espera un taxi, para variar…Sera un fin de semana largo, ya acabe con los pendientes de la oficina, ¿Qué hará el chico?, la pregunta me sigue durante casi todo el día.
Lunes, tomo la silla de la cafetería, ordeno lo de siempre, coloco mis gafas en la mesa, es una buena  mañana, soleada, el escritor sigue concentrado en su historia. El chico  también madrugo, la mochila que siempre  lleva parece mas liviana que otros días, pago mi café. ¡Carajo!, olvide mi trabajo en casa, no me agrada llegar tarde. Es un mal inicio de semana.
Martes, ordenare una dona, ya he caminado varios días, Sin sentimiento de culpa, devoro hasta la ultima migaja. Casi me termino el café, algo falta… Alguien llegara tarde, aparece una sonrisa en mi rostro, pero pronto desaparece, al pasar los minutos el no llega, alargo el ultimo trago de café, con la vana esperanza de verlo antes de irme, pero no llega y los minutos se acortan. Debo irme.
Miércoles, el chico no llego el día de hoy, estoy esperando el taxi, veo alrededor,  el joven escritor nunca falta. Tal vez aparezca…no, no llegara ¿que haré si él no regresa a la esquina?, son las únicas distracciones que tengo. Viene un taxi, hoy no batalle para conseguirlo. A través del vidrio doy una última mirada.
 Jueves: la mesa de al lado siempre esta ocupada, las teclas siempre me acompañan durante el desayuno, vuelvo la mirada y el chico esta escribiendo, se detiene un instante, el suficiente para que ver como la mano atraviesa la mesa y  mientras la sorpresa aparece en sus ojos. Los curiosos pozos  ya no pueden verlo, ha desaparecido. El joven escritor tuvo por un instante, la visión de su personaje principal de su novela, frente a él. Consternado solo atina a preguntar al mesero si vio a la chica de la mesa de al lado, el niega con la cabeza y le dice que la mesa estaba vacía.  

FIN



miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿Una pequeña historia de terror?...

Esa noche, Hanna  se dedico escribir una historia un tanto diferente, todo se ha escrito, pero siempre se escribe de diferente manera. Decidió que una historia de terror seria la indicada, pero no sabría si seria aceptada por sus incipientes lectores, así que se decidió por ese, no sin cierto recelo.
Un día después, cuando acabo la revisión, cosa de lo mas molesto, ya que debía restar las cosas que no deberían estar, al fin lo publico en un blog spot, que le tomo un día entero tomar la decisión de fondo de pantalla, ¡y pesar que tenia recelo al publicar y lo mas difícil fue decidir el fondo del blog!.
El primer paso estaba dado, en lugar de esperar sentada se ocupo en terminar los libros pendientes, era una asidua lectora de temas por demás escabrosos. Es una buena oportunidad de escribir sobre los miedos internos, esos de los que no nos atrevemos a ver, pero que están siempre agazapados tras una fotografía o una carta de alguien, de quien no podemos dejar ir…Temas un poco cotidianos, aun así latentes y a temporales.
Semanas mas tarde, se enfrento de nuevo al dilema, ¿Qué publicar?, ¿Qué es lo adecuado a seguir?, otra historia igual no, algo mas…
Había pensado en un cuento para adultos, pero no en este blog, “quiero ser yo misma”, pensó, así que continuaría según su instinto le indicara, “así que, preparados” amenazo.

Por más que lo deseaba volvía al mismo punto de partida. Las críticas en su mayoría habían sido buenas, así  a secas y también constructivas. El inicio fue fácil, pero continuar parecía más aterrador.
Su madre una mujer fuerte, siempre le decía, ¡No hay que tener miedo, hay que aventarse!, apretaba los puños  y levantaba el rostro, cabe decir que era una mujer de pequeña estatura, pero con mas agallas que muchas conocidas y por conocer, solo verla la inspiraba. (continuara)...







3-0-2014

D. R.
A. V. M.