El viento de finales de noviembre golpea con una nostalgia que ninguna canción popular logra consolar. Entre el rugido del motor y el frío colándose en el casco, Hanna siente el fantasma de un abrazo cálido que ya no está. Si creyera en la quiromancia, diría que Mercurio retrógrado está haciendo de las suyas, pero la realidad es más simple: es el peso de la época decembrina reclamando su lugar.
Hanna se abre paso entre el tráfico, sorteando las luces de los autos. Al llegar, busca las llaves en su bolso; no le agrada la idea de tocar a su regreso, prefiere el silencio de su propia entrada. El aire desordena su peinado de rizos rebeldes, pero ella camina con una nueva seguridad. Se siente satisfecha: el título profesional está en sus manos y su salud ha mejorado notablemente. La vida es buena, se repite, aunque el frío cale hondo.
En otro punto de la ciudad, Marcos apaga el motor. Terry corre a lamer sus manos, llenando con saltos el vacío que dejaron las cadenas al abrirse. Al encender la luz del patio, el silencio le recuerda que hace dos años su madre dejó de esperarlo frente al televisor. Sus ojos se nublan al soltar las llaves. Deja el casco sobre la mesa —el lugar prohibido por ella— y la rabia estalla. Se arrebata los guantes dedo por dedo y se arranca el pasamontaña con una ira contenida, una frustración vieja que no sabe cómo soltar. Se desploma en la cama y, al cerrar los ojos, el bullicio de antes regresa por un instante: el olor a cocina, las risas de sus sobrinos y el caos de una casa que solía estar llena.
Kilómetros más allá, Hanna se sienta en el comedor. El vapor del café le recuerda que, hace dos años, bastaba un mensaje para que alguien le trajera pan dulce con una sonrisa. Una lágrima asoma, pero esta vez no quema; es el alivio de saber que el dolor, finalmente, está pasando.
Hanna se detuvo frente a la pantalla, con el vapor del café acariciándole la cara. Comprendió entonces que esos recuerdos no eran una carga, sino un legado; si decidía guardarlos bajo llave, terminarían por marchitarse en el silencio, pero si los escribía, les daría permiso de volar. Con los dedos aún entumecidos por el frío, comenzó a teclear. Al otro lado del mundo, o quizás a la vuelta de la esquina, esas palabras aterrizaron frente a cientos de ojos que, como ella, buscaban un refugio. El dolor no había desaparecido, pero finalmente estaba mutando: ya no era un ancla en el pecho, sino la tinta con la que empezaba a escribir su nueva vida.
A V M
27/11/2025
D. R.