jueves, 16 de abril de 2026

La ultima invitación



Al llegar a casa, Susan se refugió en la calidez de su sala. El taburete color miel y el aroma a chocolate parecían ofrecerle una tregua, pero la seguridad era un espejismo. Mientras sostenía la taza entre sus manos, notó algo extraño: a pesar de que las ventanas estaban selladas y no corría ni una pizca de aire, la llama de la vela sobre la mesa lateral se inclinó bruscamente hacia ella, estirándose como si una presencia invisible hubiera pasado caminando a su lado, desplazando el oxígeno en su dirección.

Dejó la taza en la mesa, tratando de calmar los latidos de su corazón, cuando el silencio fue interrumpido por la vibración de su teléfono. Era un mensaje de Daniel. En ese mismo instante, el viento en el exterior golpeó el cristal de la ventana con una violencia seca, no como una ráfaga natural, sino como un puñetazo rítmico que seguía el patrón de su respiración. La coincidencia era perturbadora: parecía que el acecho se intensificaba cada vez que el nombre de Daniel aparecía en su pantalla, como si la llamada fuera el disparador de una frecuencia que Susan no alcanzaba a comprender.

Inquieta, decidió subir a descansar, pero al tomar sus llaves del mueble de la entrada, se quedó paralizada. En el asiento del copiloto de su auto, estacionado afuera, recordaba haber dejado las compras, pero ahora, sobre el tapete de la entrada de su casa, había una pequeña rama de la maleza del sendero. Estaba fresca, verde y húmeda, enredada con una fibra oscura que no parecía ser de origen vegetal. Susan no recordaba que se le hubiera pegado a la ropa, ni cómo había logrado entrar esa muestra del bosque a su sala cerrada.

Se quedó mirando la rama en el suelo, entendiendo que el sendero ya no estaba atrás en el camino, sino que, de alguna manera, acababa de cruzar el umbral de su propia casa.

Amparo V M. 

19-9-2015

D R

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